miércoles 22 de abril de 2009

Hacia el medio día del último miércoles que te vi, una surada comenzó a despeinar los cabellos de las personas que caminaban a esa hora por la calle, pero me di cuenta porque más tarde lo escuché en el noticiero de la noche. En la avenida de Zaragoza hubo un incendio, pasé caminando por allí pero no me percaté; lo supe porque me lo contaron unos compañeros del trabajo. Al bajar la banqueta para cruzar la calle, mi pie izquierdo se dobló y caí de rodillas, pero el dolor vino dos días después, cuando lo morado de la piel ya descendía del púrpura. Una amnesia de pocas semanas tergiversó hechos, fechas, horas y memorias. Un filo se encajaba permanentemente entre mis pares de costillas y consumía cigarros en vez de comida. Aún así pude estar serena y entender tanto las razones que te motivaban como tus maneras cortantes.

jueves 12 de marzo de 2009

Cuando llegue el hartazgo de dormir bien acompañada, quedarán siempre buenas lecturas, las calles de nombres raros que te prometes recorrer la tarde del próximo domingo, los discos que te hacen agudizar el tono de voz para cantar, la bendita cama que te arropa aunque no se lo pides. Cuando al final de algún día voltees a ver que detrás no hay nadie que tienda los brazos si decides caer estará tu bici recostada en el ojo de patio atenta y envinadita, cromada para irte a cruzar la ciudad a la hora de menos tránsito. Muchas películas pendientes, cosas por comprender, recuerdos que incluyan detalles exactos que has decidido postergar por esa pasión del día a día. Oportunas goteras mentales que tapaste con los dedos de tus manos, cigarritos delgados y oscuros que saben mejor entrada la noche.

miércoles 17 de diciembre de 2008

Nosotros

Ha atardecido. Inmerso en este espacio oloroso a café imagino que bajas por alguna arteria de la ciudad librando el tránsito lastimero. Hay modificaciones en los ángulos de los paisajes que la luna reparte para jugar su acostumbrada partida conmigo. Esta noche es alfombra mágica porque sé que vienes en camino. Lleno botellas de té para saciar tu sed, unto mantequilla en mis muñecas; delicadamente ato a la luna en una de sus distracciones a la pata de la cama. Se da cuenta y no dice nada, se sabe perdedora en el juego de hoy y apostó su permanencia durante tu estadía.
Has llegado. Ahora la noche con nosotros, sobre nosotros, por nosotros.
Miras la luna y sonríes.
Qué lámpara tan original, terminas por decir, mirandome , iluminándome.
Qué luminoso eres, termino por notar.
Termino por abrazarte.

martes 16 de diciembre de 2008

Lo que hace falta: volutas color madera, el ritmo lento y habitual de un beso que aporte al día la etiqueta de sagrado.
Cambia mi cuerpo a gota de agua, tránsito y vaivén.
El día es una luna llena, la noche una bola de lumbre.

Déjame contar esta historia

Déjame contar esta historia: esta historia que es peculiar, musical, completamente nocturna. Hojas caen de los árboles, cruza un aire un tanto violento a través de terrenos baldíos y yo estoy de pie y sigo soñando, disparando risas que salen de los ojos.
Una noche multiplicada, elevada a la décima potencia, qué se yo. Una noche como muñeca rusa, con noches miniatura en la boca del estómago y música inyectada como patas de caballo a galope que a veces es estruendo, a veces es murmullo y dentro de la misma noche listones de colores tapándonos los ojos, manos que estrujan así como acarician así como estorban así como se amarran.
Y en este viajecito que se está volviendo cotidiano, estás, encapsulado en una temporalidad ajena y miro tus ojos oscuros agigantarse en la luz, agigantarse en historias, poner violines a lo que me cuentas. Detrás de la puerta el mundo nos avisa que gira….giramos nosotros a destiempo, contratiempo, fuera del tiempo, esa es la idea. Lo que pase allá afuera no interesa a esta historia.

lunes 24 de noviembre de 2008

Para que no digan luego que aquella mujer enamorada fuiste tú

Tersura inversa, camino a prisa, huyendo de la bondad de unos ojos.
Atrás quedó, atrás quedamos, por decisión tuya y aceptación mía.
Evito mirarte, evito encontrarte, ventearte, saber de ti.
Grapada a un tiempo venidero forro tus últimas palabras con papel periódico.
Cajas y cajas de acciones que para mí germinarían.
Un amor de bolsillo, tibio y tímido. Hijos inexpertos del sol, trastabillamos. Al extender mis brazos volteé a mirarte, sentado meditabas. Me senté contigo a esperar un tiempo propicio.
Hoy sigo aquí, saltando constelaciones, recordándote, mi pequeño, grande, hermoso hombre.
Terciopelo en las palmas de las manos, en las mejillas hundidas, en las comisuras de los labios.
Tu presencia como lunares en el universo de un cuerpo autónomo, en el día a día una ventisca tuya.
Campos inmensos, mares lejanos, horizontes nuestros mi niño.
Horizontes idos.

Mentol

No hay otros cigarros mas que mentolados, así que bueno. Son largos y te agrada lo estilizado de la forma, que te gustaría trasladar a tus dedos nerviosos que más bien son cortos, delgados eso sí, pero cortos. Caminas el trayecto a casa escuchando una canción que te anime. No te apresuras. No tiene sentido apresurar las cosas en domingo. Todo va espeso. Si necesitaras compañía, podrías caminar unas cuadras y solucionado: está Sergio, está Citlali, Alfonso, siempre tus padres.
¿Para qué sirve la gente, piensas?
La llave se atora cuando intentas abrir la puerta de entrada. Hay que cambiar la chapa; lo anotas en la lista de pendientes. Hasta ese momento jamás habías notado que la pluma emite sonido al encajarse sobre el papel para inyectarle tinta: En el silencio del departamento todo se magnifica, cada pequeño sonido es una araña de largas patas que avanza din detenerse, tejiendo redes en los poros de las paredes. Está bien.
Quieta y callada, recurres a algo de la magia que te queda. Algo arde al fondo de tus ojos, lava que se escurre de a poco. La retiras con cuidado, no vayas a llevarte con ella parte de la piel. Quieta y callada, enciendes uno de los mentolados. ¿De qué sirve fumar? No recuerdas ahora la utilidad pero es grato a la vista que las cosas adquieran tinte de video ochentero.
No es más temor de estar bajo el espeso bloque de silencio y quietud, es que el peso de los sonidos es otro, como otra la manera de asimilar las distancias, de entrar en los colores de las carencias o las vastedades que vas descubriendo.
Recién hablaste con Alfonso y te decía entre risas nerviosas que seguiría tu ejemplo, que su casa tiene los muebles verticales desde hace un año y ni ánimos de ponerlos como van. Sonríes. Antes hubieras querido ir al desierto, ahora prefieres ver tus deshielos en casa. Frente a ti dos de las sillas del comedor esperan para ser acomodadas. Te levantas, sacudes el polvo nuevo, el de hace dos noches. Pones la planta que acabas de comprar como centro de tu mesa.

Suponiendo

Supongo que estoy bien. Te recuerdo aún; a lo largo del día, en mis diarios motivos en los que busqué incluirte, en la bruma matinal.
Mi vida fue hasta hace unos días un rompecabezas, y sin noción de tiempo ni espacio logré bajar la hinchazón del desaliento, a tientas, a cuentagotas, segura de nada, incierta en todo.
Supongo que como otras tantas veces, las respuestas no son las que imagino.
Traté de hablarte de lo fácil que era todo si buceábamos en las certezas. Sembré semillas de luna, quise inflamar tu corazón, arroparte con el calor que desprendían mis sueños.
Cerezas muertas en los labios. Destrozadas las noches, las tardes, el nosotros, sólo supiste responder con caos.
Parada enmedio de la nada, sin fuerza en brazos ni piernas, comí y bebí de mi nostalgia. No quería enamorarme , quería amar, quería hacer las cosas luminiscentes, eternas, con solidez y conciencia.
Supongo estoy bien. Supongo terminarás siendo pretérito. Supongo que duele pero no miro que de mi cuerpo brote sangre o agua de mar. Me gustaría suponer que algun día podremos tomar una taza de café, por mí no hay inconveniente, por tí...ni siquiera puedo suponer.

sábado 22 de noviembre de 2008

Cumple

Observando a Roni se me puede ir la noche. Consciente de esto, cambio de posición aunque no abandono mi silla. Junto a mí, Leonora se agita mientras no deja de platicar con la muchacha de junto. Sus voces se tejen con la de Morrison. ¿Morrison? pienso y volteo a la rockola donde Ernesto permanece parado, de espaldas a mí.
-Si lleva cinco chelas pone a jaguares, con unas once ya cambia a doors y cuando pone a la insulsa de la Downs ya perdió la cuenta, le digo a mi vecino que callado, también observa. Su suéter color vino me agrada, igual que el tono de moreno de sus manos. Cuando mis ojos suben de su suéter a su rostro, se encuentran con una sonrisa que siento apacible. Lo imito y confirmo que Roni sigue manteniendo su afición por las buenas combinaciones.
Ahora Roni cuenta sobre el último viaje que hizo, el de la semana pasada, cuando hacía un puto frío que calaría al más machín. Todos reímos, claro, porque cuando él narra hay una pausa obligatoria en lo que cada uno hace. Su forma de contar es mucho él: la manera de mover las manos, de arquear las cejas de forma diferente en cada oración, las inflexiones de la voz. Mi vecino toma de su cerveza mirándolo largamente. Tres sorbos.
Junto a la rockola Ernesto ha girado y queda de frente a nosotros, levanta la chela y brinda y sonríe, claro, porque festejamos a Roni en sus veintiocho años. Suena el vidrio de las botellas y un murmullo se intensifica. Un reggaecito empieza a sonar y los ánimos de por sí dulces, terminan naufragando en la melcocha.
Me levanto y voy hacia él. Su gran sonrisa es ya una tradición. Volteo de nuevo alrededor. Los grupitos de tres o cuatro se han multiplicado, somos un bandón.
Cada año somos más ¿no?
¿Pues qué te diré, mi estimadaza? Renovarse o morir y sus ojos se van de lleno a un suéter vino situado al rincón.
Levantamos botellas. Alguien toma una foto. Varias generaciones revueltas, qué chingonería.
Roni y yo nos abrazamos.
Felicidades, hermoso.
Felicidades a ti por ser hermosa y decirme hermoso.
Lindo tu nuevo amor, eh? Me gusta lo moreno de sus manos.
Hermosa, a mi sus manos me gustarían aunque fueran verde pistache. Reímos.Regreso a mi silla. Los cadillacs son quienes cantan ahora. Vane ha llegado con tres amigos, esto pinta para amanecer. Busco a Roni con la mirada a ver ahora qué hace. Hay una fila de gente felicitándolo. Me río a carcajadas y tomo de mi chela. Él levanta los ojos y su cerveza igual. Separados por unos metros, brindamos.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Cazamiradas

Cruzas la pierna. Prendes un cigarro. No me miras hasta que la flama del encendedor tuesta levemente la orilla del papel arroz.
Hace mucho no nos topábamos, no?
Ajá.
Miras alrededor y espero a que el vuelo de tu mirada termine, para posarse en mí. Siempre has tenido la gracia de volverme obtusa. En este momento no me soporto. La incomodidad de esperar me hace voltear a mirar a otro lado.
Qué has hecho, preguntas ya mirándome.
Un poco de todo, ya sabes, menos loquear. Sonrío.
Entrecierras los ojos y jalas de tu cigarrito.
En esa postura noches y noches se fueron, un tanto de razón también. Me pregunto si es justo eso, el vuelo esquivo de tu mirada lo que me hace buscarte vía tus ojos.
No me ayudas, ni lo que dicen los astros, ni la experiencia pasada, ni los pasos que otros han dado, ni la buena fé.
No me sonrojo si te miro, no me altero si mi mirada se ancla necia en la tuya. Algo se ha mudado.
Pienso en mis ojos como una superficie quieta y los peces japoneses que solían adornarla y llenarla de movimiento, hoy disecados.
Prendes otro cigarro. Tienes rato hablando de quién sabe qué. El humo de los innumerables cigarros consumidos levanta una pared volátil tras la que adivino tu rostro, y logro divisar unos ojos que veo por primera vez.

martes 11 de noviembre de 2008

Pleamar

Te observo a lo lejos, desde mi ventana. Parado junto a un poste pintado de negro, pareces imitarlo. Recto, delgado, vestido del mismo color. Aspiro la fragancia que sube desde la taza que sostengo en mi mano, del diario café americamo matutinísimo, costumbre y herencia tuya.
Te contemplo.
De un pasado lejano llegas fresco, recién lavado. Con tu tez de día nublado, con tus ojos en apariencia inocentes, haces que mi corazón palpite en tiempo pretérito, barco en pleamar.
Tiempo fragmentado desde tu partida, el mundo vino a menos, bajó el volumen de mi voz, no recordaba cómo atar los cordones de mis zapatos. Blanco y negro permanentemente bajo las pestañas mojadas todo el tiempo. Miniatura a escala fuí.
Te observo a lo lejos, tú no sabes que vivo aquí, tú no sabes de mí más que lo que te inventaste.
Te observo a lo lejos, en mi muñeca el reloj ya pasó 15 minutos de la hora en que quedé contigo.
Sólo te observo a lo lejos y me quedo en casa, conmigo.

Rincón framboyán

Soy un árbol que desea viajar en tren